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CUBA SÍ,
CASTRO NO (II-II)
Por
Francisco H. Tabernilla
Miles de estudiantes y
trabajadores fueron reclutados para entrenamientos militares. El país invirtió descontroladamente en túneles
y refugios callejeros para el enfrentamiento contra las tropas invasoras que
aún siguen esperando. Sin embargo, ni siquiera las recomendaciones de Santa Fe
I, que comentamos en nuestro artículo de la semana pasada Cuba sí, Castro no (I –II) consiguieron incitar un sentimiento de
confrontación con el presidente Ronald Reagan.
“Mis pensamientos me inclinan a que nosotros debemos crear
un plan que apremie a Cuba y a Castro a regresar a la órbita hemisférica
occidental. Castro está en problemas –su popularidad ha caído, la economía se
hunde y los soviéticos no están en posición de ayudarlo. Podemos iniciar una
campaña para persuadirlo a él y a los cubanos descontentos para que manden a
los rusos a casa y Cuba se reintegre a la comunidad latinoamericana”, anotó Reagan en su Diario el 15 de enero de 1982, luego de una
reunión en el Consejo de Seguridad Nacional.
Para entonces, ya Reagan había
autorizado una reunión secreta de su secretario de Estado, Alexander Haig, con el entonces vicepresidente cubano Carlos Rafael
Rodríguez, en México. El anfitrión del encuentro fue el canciller mexicano
Jorge Castañeda de la Rosa, quien los recibió en la biblioteca de su lujosa
residencia en noviembre de 1981.
La reunión consagraba así
una petición hecha a Reagan por el presidente
mexicano José López Portillo durante una visita de Reagan
a la Cumbre Norte-Sur, realizada en Cancún en noviembre de 1981. El canciller
mexicano había sido artífice de ese foro y fue también clave en el contacto con
Cuba, auxiliándose de su hijo Jorge Castañeda, quien por entonces mantenía
estrechas relaciones y cercanías ideológicas con la élite
castrista.
“En Castañeta (padre)
nunca confié”, confiesa Reagan en un apunte del 13 de
diciembre de 1982, cuando es reemplazado en la cancillería mexicana por
Bernardo Sepúlveda.
El encuentro Haig- Rodríguez tuvo
una férrea oposición de funcionarios estadounidenses de línea dura, pero
despejaron el camino para el viaje secreto a La Habana del General Vernon Walters, en Marzo de 1982.
Walters habló con Castro por
cinco horas y regresó al menos con la esperanza de lograr un acuerdo para el
regreso de los “inelegibles” del Mariel. El 9 de
marzo de 1982, Reagan escucha el relato del militar y
luego apunta: “Walters ha hecho un trabajo estupendo
(…) Tal vez nosotros podamos enviar de regreso a Cuba a los presos comunes y
enfermos mentales que Castro nos mandó por el Mariel.
El dice que Castro parece dispuesto a hacer un arreglo. Walters
le dejó saber a Castro que nosotros tenemos un precio”.
“De todos los gobiernos que han lidiado con Fidel Castro
desde 1959, el de Reagan parecía el manos adecuado
para dialogar con el régimen comunista de Cuba”, relató en sus memorias Robert MacFarlaine, por entonces
subsecretario de Estado a las órdenes de Haig.
Todavía hoy los estudiosos se refieren a ese diálogo en
México como un capítulo insólito de distensión entre dos protagonistas
antagónicos de la Guerra Fría. Ciertamente, la retórica hostil de la
administración de Reagan no se correspondía con la
realidad tras bastidores de la Casa Blanca. El presidente estadounidense asumió
esa paradoja como una carta de compulsión política contra Castro.
“Castro está muy nervioso. Trataremos de mantenerlo así”,
anotó Reagan el 11 de febrero de 1982. Y exactamente
un mes más tarde, resume en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional la
siguiente consideración: Ellos (los cubanos) están obsesionados con que tenemos
un plan de invasión. No tenemos ninguno, pero vamos a dejar que sigan sudando
la gota gorda. Sí estamos preocupados por que Castro tenga un espía en algún
lugar –CIA u otra agencia del gobierno – porque se filtra mucha información”.
“Nosotros intentamos
comenzar las transmisiones de Radio Martí para llevar la verdad a Cuba”. Sus
anotaciones dejan entrever un Reagan más severo
respecto a Castro, decidido a encarar las últimas consecuencias. “Nosotros le
dijimos a Castro que si él trata de bloquear la radio y (como ha amenazado)
interferir nuestras estaciones comerciales en (EEUU) vamos a sacar del aire
todas las estaciones de radio y TV en Cuba. Tenemos que estar preparados para
actuar instantáneamente”, concluyó Reagan. En las
páginas del Diario aparecen referencias a sus encuentros con los ex prisioneros
Armando Valladares, a quien propuso presidir la delegación estadounidense ante
la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en 1987; y con Ricardo Bofill, el 30 de noviembre de 1988. También habla de un
informe entregado sobre la situación cubana por el General desertor Rafael del
Pino, quien llegó a territorio estadounidense a bordo de una avioneta el 28 de
mayo de 1987. Casi al final de su
mandato, Reagan asiste a una fiesta de recaudación en
Miami con líderes cubanoamericanos, el 29 de junio de
1988. “Les hablé a ellos y les confirmé que nosotros no estamos siendo suaves
con Castro”, apuntó Reagan al retirarse del festín.
Dejo a juicio del lector amigo sus conclusiones respecto a la actitud del
Presidente Ronald Reagan
frente a la inmensa tragedia del pueblo cubano…
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10/01/07